Posteado por: joseluisp | 5 octubre 2011

Los otros

Me entristece ver cómo los otros han dejado de escucharnos. Desde hace un tiempo, todas nuestras propuestas y todos nuestros proyectos chocan contra el muro del rechazo y de la desaprobación. El esfuerzo y la ilusión que en su día pusimos para construir nuevos escenarios de futuro se agotan conforme percibimos que nuestra voz ha dejado de ser escuchada.

Me entristece ver cómo hemos dejado de escuchar a los otros. Cada vez que ellos abren al diálogo nosotros nos limitamos a estar presentes sin ninguna intención de ceder en nuestras posiciones. Fingimos escucharles, pero en nuestro espacio interior nos limitamos a escucharnos a nosotros mismos. Cuando los otros hablan, nuestra mente se mantiene en un diálogo interminable en torno a los motivos por los que nosotros tenemos la razón y ellos están equivocados.

Vivimos encerrados en un vacío de comunicación con los otros. Es como sufrir una maldición que nos condena a estar atrapados con ellos en una situación de bloqueo. Un punto muerto en el que cada vez que hablamos reproducimos las mismas ideas sin ninguna intención de revisarlas. Una trampa en la que jugamos a no hablar y a no escuchar.

Dicen que sólo existen dos formas de romper este estancamiento y de encontrar la salida. La primera consiste en que una de las dos partes rompa el juego. Que imponga una solución ya sea desde el poder de la autoridad o desde el ejercicio de la violencia.

La segunda requiere que se produzca un milagro. Un milagro por el que comencemos a hablarnos y a escucharnos desde nuestros corazones. Un milagro que nos ayude a abrirnos a la posibilidad de que entre todos podamos percibir mejor la complejidad de nuestros problemas. Un milagro por el que todos renunciemos a nuestras posiciones y nos sentemos a trabajar en un nuevo futuro en el que todos podamos vivir juntos.

Muchas personas nos han ofrecido su ayuda para intermediar entre nosotros y ellos. Se ofrecen para arbitrar una solución a nuestro conflicto. Sin embargo saben que no pueden forzarnos a que nos sentemos a conversar. Mientras pasa el tiempo, nuestros pacificadores sólo pueden esperar con paciencia a que un día cualquiera de nosotros decida dar un paso para romper el bloqueo y abrir el diálogo. Sólamente un paso.

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